Debemos
recorrer todos los caminos pero al fin y al cabo, solo cuando los
caminos terminan empieza el verdadero viaje. Nos armamos de valor e
irrumpimos en la morada de la depravación, procurando no marearnos con
sus tupidas paredes. Raptamos su esencia y no tenemos más que polvo
derramándose entre los dedos. Caemos absortos en la cuna del pecado y
nos agrada, nos extasía la vida. Cada
paso es un desvergonzado salto hacia el abismo ¡Qué locura, qué
erotismo! Oscuros caminos que florecen como pétalos maquillando nuestra
existencia. Vicio, vicio y vicio. Qué hermoso nombre tiene la
desventura. Me compadezco de quien no tiene inmoralidad en su vientre o
quien dice tener más patria que las curvas despellejadas y descendentes
de la perversión. Correr hasta que el pecho ahoga, la dulzura del dolor
que rompe mis costillas. Acariciar lascivo la vulva de mi ama.
Prevaleciendo inmune a la cordura. Amaneceres de sol y sombra; y una
cuerda, con la que atar la debilidad que me embauca. Acallaré la buena
voluntad y someteré al triste, obviando la muerte que tanto seduce,
rasga y alivia; mas el león enjaulado en mi pecho reconoce el derrotero
de la locura. Aún así, solo creo en la suerte, a suerte de compas
lanzado para un triste y famélico sueño. Manos calientes y corazón
vacio. Y qué más da la gloria y el lujo si tus piernas dibujan mis
contornos. Cazos de lujuria esparcidos en su pecho y la vida abierta.
Sigue, sube y se revienta, mi cabeza cuando contacta con su lindeza.
Carezco de cimientos que resistan la embestida, pero me sonrojo a la
espera de la tormenta perfecta.
SION CAPÇANA

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