lunes, 2 de septiembre de 2013

Relativismo moral

El nobel de la paz declara que quiere hacer la guerra y el mundo sigue girando, el sol salió de nuevo. El hombre provisto del mayor arsenal bélico jamás visto quiere hacer la guerra y los mares siguen su curso, el viento aún sopla. Seguimos ciegos a merced de su estrategia, embobados ante su potencial propagandístico, está todo atado; antes incluso de lo que creíamos. ¿Alguien duda de un ataque inminente?, ayer fue Irak y hoy es Siria la que se ve obligada a desfilar por el sendero de la muerte, obligada a entregar su soberanía sin recibir nada a cambio. Observo sus caras y compruebo que son conscientes de su destino, saben que nunca más volverán a ser lo que fueron pero mal que les pese no está permitido rendirse. El asesino más despreciable de la era moderna ha elegida una nueva víctima.

Maquiavelo solía decir que el buen gobernante, el buen príncipe, tenía que ser capaz de adecuar sus estrategias a las circunstancias del presente. No hay que ser idiota, decía, la ideología es muy  bella, yo también dispongo de una, pero si las circunstancias exigen robar a nuestro prójimo, violar a la mujer del vecino o masacrar aldeas enteras en aras de salvaguardar el interés nacional, no hay más debate, se actúa y punto. Ahora todo parece más claro, las circunstancias del pasado permitían al hombre con más misiles bajo su mando del mundo gozar del reconocimiento internacional en calidad de pacifista, aunque sigo dudando de sus méritos. La tesitura cambia, el presente aprieta y nuestro nobel de la paz debe abandonar su máscara y encabezar una sangrienta ofensiva para devolver a su país lo que los hizo grandes, la desvergüenza y el imperialismo. Ayer retiraba tropas, alegando que su gran corazón lloraba al ver lo que estaba sucediendo en Irak. Hoy, nuestro Maquiavelo de barras y estrellas, deja a un lado la pantomima y aprieta sus puños. Retales filosóficos de este calado podrían elucidar el porqué un novel de la paz se dispone a hacer la guerra. Aún así, mal que le pese, debería explicar primero en que momento exacto la realidad le dio la razón. Argumentos sólidos, sin intereses externos. Mientras tanto, seguiré escupiendo en la mano del serial killer más despreciable de la era moderna.


 

                                                                                                                                     SION CAPÇANA

martes, 28 de mayo de 2013

La obligatoriedad del no deber.

Depravación sin consistencia. Sin sustancia no hay delito, no hay cuerpo acusador.  Contraemos nuestro esfínter a cada paso perdido, sin derrotero fijo, a cada paso libre. Fallecer y sujetar la vida. Qué difícil parece. No obstante, sale el sol y rociamos el transcurso con alabanzas al mañana. Mañana oscuro e incierto, cuanto dolor deparan tus caricias. El mañana es la resaca del ahora, agujereando con su etílico aliento nuestras finas ilusiones. Construimos atalayas psicológicas que salvaguarden el bienestar de la ignorancia y aun así, no pude caer en sus hondas redes. Qué negligencia visceral. Porque al fin y al cabo, la felicidad consiste en autoengaño y desde hace algún tiempo me cuesta sesudos esfuerzos encandilar a un servidor. Agonizando calvarios que ni se dan, ni se han dado; pero la predicción permite la elucubración sobre el mañana y eso es suicida. Suicidio premeditado y vehemente, como debe darse. Dejando de tu ser nada más que la carcasa, pálida y sin aliento, proyectando un Yo sesgado, mutilado por el deber ser. No hay más condición ni principio, el imperativo categórico se reduce a eso: Mi deber es el de no deber ser como debiera.

A sabiendas de la trastada me escondo entre las faldas del sentimiento, la gangrena emocional  y otras rarezas. Ramificaciones gustativas de mis pecados más severos. Y morir, moriremos todos. Aunque, pese al final chafado, camino vacilante entre más espinas que rosas, cargando desventurado la soledad del gentío, el silencio enroscado en la muchedumbre.  Oigo sollozos transformarse en silbidos y decaer en la nada, arrastrados por la inmundicia. Reptando colina abajo, entrando por nuestras ventanas. Sin embargo, la sordera es previa a la cordura y el delirio, a la maldad y la benevolencia, a la codicia y la honradez, a la existencia misma; nacemos hombres pero nunca humanos y ¡Créeme!, es complejo deshacer el camino. Marchitaré mi vida a la sombra de la desidia, cantando himnos reproducidos hasta el exceso, corriendo, vendado de ojos y desprovisto de alma, por la desolación de mi conciencia trastornada con tanto manierismo moral. Demencia reverencial, venerando la osadía mansa, pseudo libertaria, que empujará a quien quiera y a quien reniega, arropando entre grises  nuestro futuro.  Descendiendo poco a poco, vivo muerto de tanta vida. Susurrante y cauteloso, autoconsumo despreciable. Quizá cabalgando contradicciones resistiremos hasta que la flácida piel se descomponga; ¿y luego?, ¿luego qué? Luego ni crédulo, ni verdugo,  reconstruiré el amor de Odiseo en un vaso con hielo. Autonomo, libre, emancipado, soberano y franco. A fin de cuentas, desenjaulado.
 

SION CAPÇANA.

viernes, 24 de mayo de 2013

Una filosofía del vicio.

Debemos recorrer todos los caminos pero al fin y al cabo, solo cuando los caminos terminan empieza el verdadero viaje. Nos armamos de valor e irrumpimos en la morada de la depravación, procurando no marearnos con sus tupidas paredes. Raptamos su esencia y no tenemos más que polvo derramándose entre los dedos. Caemos absortos en la cuna del pecado y nos agrada, nos extasía la vida. Cada paso es un desvergonzado salto hacia el abismo ¡Qué locura, qué erotismo! Oscuros caminos que florecen como pétalos maquillando nuestra existencia. Vicio, vicio y vicio. Qué hermoso nombre tiene la desventura. Me compadezco de quien no tiene inmoralidad en su vientre o quien dice tener más patria que las curvas despellejadas y descendentes de la perversión. Correr hasta que el pecho ahoga, la dulzura del dolor que rompe mis costillas. Acariciar lascivo la vulva de mi ama. Prevaleciendo inmune a la cordura. Amaneceres de sol y sombra; y una cuerda, con la que atar la debilidad que me embauca. Acallaré la buena voluntad y someteré al triste, obviando la muerte que tanto seduce, rasga y alivia; mas el león enjaulado en mi pecho reconoce el derrotero de la locura. Aún así, solo creo en la suerte, a suerte de compas lanzado para un triste y famélico sueño. Manos calientes y corazón vacio. Y qué más da la gloria y el lujo si tus piernas dibujan mis contornos. Cazos de lujuria esparcidos en su pecho y la vida abierta. Sigue, sube y se revienta, mi cabeza cuando contacta con su lindeza. Carezco de cimientos que resistan la embestida, pero me sonrojo a la espera de la tormenta perfecta.


 SION CAPÇANA