Maquiavelo solía decir que el buen gobernante, el buen
príncipe, tenía que ser capaz de adecuar sus estrategias a las circunstancias
del presente. No hay que ser idiota, decía, la ideología es muy bella, yo también dispongo de una, pero si
las circunstancias exigen robar a nuestro prójimo, violar a la mujer del vecino
o masacrar aldeas enteras en aras de salvaguardar el interés nacional, no hay
más debate, se actúa y punto. Ahora todo parece más claro, las circunstancias
del pasado permitían al hombre con más misiles bajo su mando del mundo gozar
del reconocimiento internacional en calidad de pacifista, aunque sigo dudando
de sus méritos. La tesitura cambia, el presente aprieta y nuestro nobel de la
paz debe abandonar su máscara y encabezar una sangrienta ofensiva para devolver
a su país lo que los hizo grandes, la desvergüenza y el imperialismo. Ayer retiraba
tropas, alegando que su gran corazón lloraba al ver lo que estaba sucediendo en
Irak. Hoy, nuestro Maquiavelo de barras y estrellas, deja a un lado la
pantomima y aprieta sus puños. Retales filosóficos de este calado podrían
elucidar el porqué un novel de la paz se dispone a hacer la guerra. Aún así,
mal que le pese, debería explicar primero en que momento exacto la realidad le
dio la razón. Argumentos sólidos, sin intereses externos. Mientras tanto,
seguiré escupiendo en la mano del serial
killer más despreciable de la era moderna.
SION CAPÇANA

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