A sabiendas de la trastada me escondo entre las faldas del sentimiento, la
gangrena emocional y otras rarezas.
Ramificaciones gustativas de mis pecados más severos. Y morir, moriremos todos.
Aunque, pese al final chafado, camino vacilante entre más espinas que rosas, cargando
desventurado la soledad del gentío, el silencio enroscado en la
muchedumbre. Oigo sollozos transformarse
en silbidos y decaer en la nada, arrastrados por la inmundicia. Reptando colina
abajo, entrando por nuestras ventanas. Sin embargo, la sordera es previa a la
cordura y el delirio, a la maldad y la benevolencia, a la codicia y la honradez,
a la existencia misma; nacemos hombres pero nunca humanos y ¡Créeme!, es
complejo deshacer el camino. Marchitaré mi vida a la sombra de la desidia,
cantando himnos reproducidos hasta el exceso, corriendo, vendado de ojos y
desprovisto de alma, por la desolación de mi conciencia trastornada con tanto
manierismo moral. Demencia reverencial, venerando la osadía mansa, pseudo
libertaria, que empujará a quien quiera y a quien reniega, arropando entre grises nuestro futuro. Descendiendo poco a poco, vivo muerto de tanta
vida. Susurrante y cauteloso, autoconsumo despreciable. Quizá cabalgando
contradicciones resistiremos hasta que la flácida piel se descomponga; ¿y luego?,
¿luego qué? Luego ni crédulo, ni verdugo, reconstruiré el amor de Odiseo en un vaso con
hielo. Autonomo, libre, emancipado, soberano y franco. A fin de cuentas, desenjaulado.
SION CAPÇANA.

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