martes, 28 de mayo de 2013

La obligatoriedad del no deber.

Depravación sin consistencia. Sin sustancia no hay delito, no hay cuerpo acusador.  Contraemos nuestro esfínter a cada paso perdido, sin derrotero fijo, a cada paso libre. Fallecer y sujetar la vida. Qué difícil parece. No obstante, sale el sol y rociamos el transcurso con alabanzas al mañana. Mañana oscuro e incierto, cuanto dolor deparan tus caricias. El mañana es la resaca del ahora, agujereando con su etílico aliento nuestras finas ilusiones. Construimos atalayas psicológicas que salvaguarden el bienestar de la ignorancia y aun así, no pude caer en sus hondas redes. Qué negligencia visceral. Porque al fin y al cabo, la felicidad consiste en autoengaño y desde hace algún tiempo me cuesta sesudos esfuerzos encandilar a un servidor. Agonizando calvarios que ni se dan, ni se han dado; pero la predicción permite la elucubración sobre el mañana y eso es suicida. Suicidio premeditado y vehemente, como debe darse. Dejando de tu ser nada más que la carcasa, pálida y sin aliento, proyectando un Yo sesgado, mutilado por el deber ser. No hay más condición ni principio, el imperativo categórico se reduce a eso: Mi deber es el de no deber ser como debiera.

A sabiendas de la trastada me escondo entre las faldas del sentimiento, la gangrena emocional  y otras rarezas. Ramificaciones gustativas de mis pecados más severos. Y morir, moriremos todos. Aunque, pese al final chafado, camino vacilante entre más espinas que rosas, cargando desventurado la soledad del gentío, el silencio enroscado en la muchedumbre.  Oigo sollozos transformarse en silbidos y decaer en la nada, arrastrados por la inmundicia. Reptando colina abajo, entrando por nuestras ventanas. Sin embargo, la sordera es previa a la cordura y el delirio, a la maldad y la benevolencia, a la codicia y la honradez, a la existencia misma; nacemos hombres pero nunca humanos y ¡Créeme!, es complejo deshacer el camino. Marchitaré mi vida a la sombra de la desidia, cantando himnos reproducidos hasta el exceso, corriendo, vendado de ojos y desprovisto de alma, por la desolación de mi conciencia trastornada con tanto manierismo moral. Demencia reverencial, venerando la osadía mansa, pseudo libertaria, que empujará a quien quiera y a quien reniega, arropando entre grises  nuestro futuro.  Descendiendo poco a poco, vivo muerto de tanta vida. Susurrante y cauteloso, autoconsumo despreciable. Quizá cabalgando contradicciones resistiremos hasta que la flácida piel se descomponga; ¿y luego?, ¿luego qué? Luego ni crédulo, ni verdugo,  reconstruiré el amor de Odiseo en un vaso con hielo. Autonomo, libre, emancipado, soberano y franco. A fin de cuentas, desenjaulado.
 

SION CAPÇANA.

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